Bolivia y el Cambio Climático: Un desafío mas allá de la política (Elizabeth Peredo Beltran)

Ha llovido sin cesar en la Amazonía y los Valles bolivianos. Las aguas anegaron nuestro territorio desde enero, lluvias consideradas las peores en 40 años. Más de 60.000 familias, es decir, al menos 350.000 personas han tenido que dejar sus casas y lo han perdido casi todo: sus pertenencias, sus animales, sus cultivos, la cotidianidad de sus vidas. UNICEF ha informado que 60.000 niños bolivianos han sido afectados. 900 colegios debieron suspender sus actividades. Los muertos y desaparecidos superaron el medio centenar y aun no tenemos la dimensión de las repercusiones en la salud, la habitabilidad y la capacidad de las comunidades para reconstruir sus vidas ante la evidencia de la destrucción que emerge con el descenso de las aguas. La situación de las comunidades del TIPNIS delata los factores que incrementan la vulnerabilidad. Aunque las informaciones hablan de enormes pérdidas de cultivos de yuca, arroz, papa, soya, hortalizas y en ganado -habiéndose reportado la pérdida de más de 250.000 cabezas- aún está por verse la repercusión de las inundaciones en la vida de estas poblaciones, en las economías regionales y en la economía nacional.

Ante el drama planteado por el desastre, las autoridades y la población civil de todo el país se volcaron a reunir alimentos, medicinas y todo lo que fuera para socorrer a las comunidades afectadas. Pero más allá de las buenas voluntades que se han movilizado para reunir ayuda, las inundaciones en la Amazonía y los Valles bolivianos estuvieron lejos de ser enfrentadas en la dimensión en que se presentaron y están muy lejos de ser un evento accidental y aislado que no vaya a repetirse.

Junto, y muy cerca, están las regiones donde la sequía está golpeando duramente: la Chiquitanía, el Chaco cruceño y tarijeño han perdido miles de hectáreas en cultivos, forzando ya a una migración que se dirige a las ciudades. Sólo hace meses atrás el Ministerio de Defensa reportaba 247.000 hectáreas de tierra afectadas por la falta de lluvia, nevadas e incendios.

 El cambio climático no es un tema de exclusividad de la ciencia o de las negociaciones de NNUU, y mucho menos sólo una advertencia para el futuro; está ya en nuestro tiempo y territorio, se presenta con violencia, afecta la vida de las personas y está cobrando ya muchas víctimas.

 Compartimos la pena con millones de personas en el planeta que están sufriendo sus consecuencias: 6.200 muertos, más de 11 millones de personas afectadas por el Huracán Haiyan en Filipinas hace pocos meses, 1.000.000 de personas sin energía en Estados Unidos tras las tormentas de nieve provocadas por el vórtice polar en el último invierno, miles de personas afectadas en el Reino Unido en lo que se consideran las peores inundaciones después de 200 años. Miles de hectáreas de bosques arden cada año en Australia por la alarmante sequía. Miles de afectados en Centroamérica, en Argentina, Brasil, Uruguay y Paraguay. 25 millones de almas en la incertidumbre por la carestía de agua debido a las sequías y olas de calor en California. Un mortal deslave con más de 150 personas desaparecidas a causa de las intensas lluvias en el Estado de Washington. Millones de seres humanos y ecosistemas en peligro en varias partes del planeta… Noticias que nadie quiere escuchar, pero que será inevitable enfrentarlas cada vez más cerca de nuestras vidas, aunque aparezcan como fríos números en la prensa.

Necesitamos conectar los puntos para asumir que este es un fenómeno que requiere superar las visiones de corto plazo y las retóricas sobre la “Madre Tierra” sin aterrizaje concreto. El cambio climático es consecuencia de la explotación inclemente de la naturaleza, el crecimiento económico sin límites basado en combustibles fósiles y el sobre consumo, concebidas como condiciones irremplazables para el “bienestar” humano. Esta noción obsoleta está instalada social y culturalmente en nuestras vidas. 

¿Cómo haremos para entender que las emisiones provenientes del uso de combustibles fósiles, la ganadería a gran escala y la deforestación en el Norte y en el Sur están acabando con la atmósfera?, ¿dónde están los caminos efectivos para cuidar ese Bien Común secuestrado por la industria y la adicción al crecimiento sin límites? ¿Hasta cuándo esperaremos que los países que contaminaron más que otros históricamente, compensen por el daño y eviten peores consecuencias? (Casi el 71.5% de las emisiones globales son de los países desarrollados que reúnen al 17.3% de la población mundial). ¿Cómo haremos para evitar que el llamado “desarrollo” del Sur repita el mismo patrón de destrucción eficaz disfrazado de promesas de progreso y felicidad?

Lamentablemente, y no sólo en Bolivia, el tema se ha convertido en un fenómeno más político y de intereses económicos que un tema de sobrevivencia de la civilización.

El 5to informe del IPCC emitido al finalizar el año pasado, estableció de manera inequívoca que el cambio climático es provocado por la acción humana y está causando patrones de caos climático por todo lado. Algunos científicos y activistas han sido muy críticos con este informe por considerarlo, a pesar de todo, conservador en reflejar la gravedad del asunto. Señalan que los cambios se están dando más rápido que los escenarios que provee el IPCC; que el deshielo del Ártico –y su consecuente liberación de metano- es una de las mayores amenazas globales subestimada por las presiones del lobby petrolero y los países ricos en las negociaciones. Otras voces cuestionan las posibilidades que ha abierto el informe a falsas soluciones como la geo ingeniería, en lugar de insistir con mayor fuerza en la restricción del uso de combustibles fósiles.

 

El negacionismo 

En este contexto de emergencia global ha surgido sorprendentemente, una corriente ideológico/política llamada los “negacionistas”, que afirman que estos fenómenos no corresponden a la saturación de la atmósfera por acción humana, sino a simples “ciclos naturales” del clima en el planeta. Estos, como si nos hicieran falta, se han dedicado a combatir los informes de la ciencia. El llamado negacionismo es una fuerte corriente mundial que acompaña el ritmo del desarrollo y las inversiones y acusa al ecologismo de crear una incertidumbre innecesaria. Su posicionamiento está íntimamente vinculado al lobby corporativo del petróleo y los grandes capitales para continuar con la exploración y explotación de combustibles fósiles y su alianza con esta industria es indestructible.

Bill McKibben, activista fundador de 350.org ha denunciado que de usarse todas las reservas de petróleo registradas en las bolsas del mercado, se consumirían cinco veces el presupuesto de carbono que queda. ¡Una calamidad! Mientras tanto, los negacionistas representados en los Republicanos de EEUU, han hecho un impresionante lobby para lograr que ese país ya ni siquiera aporte al IPCC ni al ECOSOC y han promovido una “persecución” a los científicos de su país que afirman que el cambio climático antropogénico es una realidad. James Hansen, uno de los científicos de la NASA, es uno de sus blancos favoritos.

El negacionismo, si bien tiene expresiones políticas muy concretas y definidas como las descritas, ocupa -como actitud- un espacio significativo en la sociedad porque la gente encuentra muy difícil cambiar su vida para evitar el desastre global y prefiere cerrar los ojos a lo que se viene. Desde la psicología social esto se llama “disonancia cognoscitiva”; Clive Hamilton, Profesor de Ética Pública en el Centro de Filosofía y Ética de Australia concluye que el negacionismo es expresión del fracaso de la humanidad para enfrentar la crisis global.

Otra forma de “negacionismo” –aunque no guste mucho lo que diga – es aquel que, desde los gobiernos y otros estratos del poder de decisión y poder político, niega la emergencia para actuar a pesar de la información con la que se cuenta y, por tanto, niegan la urgencia de cambiar el modelo de desarrollo, de matriz energética y de gestión para responder a la crisis de los cambios globales. La información provista por la ciencia es alarmante y está a disposición de los gobiernos de primera mano.

Recordemos al negociador filipino para cambio climático que conmovió al mundo durante las negociaciones del clima en Polonia en 2013 demandando un “freno a esta locura”, luego de que el huracán Haiyan devastara parte de su país. Aunque los negociadores acompañaron estas palabras con minutos de silencio y expresiones de solidaridad, las negociaciones continuaron “as usual”(como si nada pasara), los negocios continuaron “as usual”, y la producción y consumo de combustibles fósiles en el mundo continuaron “as usual”. Al parecer, los acuerdos de la Convención caen en una paradoja pues el sistema capitalista es más fuerte y vinculante. Los negociadores parecieran decir al unísono: “podemos responder por lo que logramos en las negociaciones, pero no sobre la política en nuestro país”; es decir que las decisiones mayores, aquellas que están vinculadas al sistema económico, a las matrices energéticas, a la producción capitalista que inyectan permanente motor a la depredación, son asumidas por los gobiernos en el territorio y en lo local.

 

Bolivia y el desafío del cambio climático

Las últimas inundaciones en Bolivia nos han acercado a algunas preguntas a la luz de estas controversias que en todo el mundo se están dando con mayor o menor intensidad. Los impactos de la crisis climática están llevando a polarizaciones, crisis, demandas, diferentes respuestas, posicionamientos y propuestas que trascienden el ámbito de las negociaciones del clima.

En Bolivia también se han dado controversias; las motivaciones han sido más vinculadas a tensiones de índole política y regional. Mientras la gente de los pueblos de la Amazonía se preguntaba: ¨¿qué vamos a hacer ahora?, ¿con qué vamos a sostener a nuestras familias?, ¿somos menos importantes que las vacas?”. Las tensiones desatadas a raíz de las inundaciones muestran lo lejos que nos encontramos de reaccionar a la escala necesaria. Tomando distancia de lo que diga el gobierno, lo que demanden los cívicos, lo que callan los brasileros o lo que declaren los políticos, lo que verdaderamente interesa es asumir el desafío de construir una sociedad resiliente a los cambios globales.

Hay algunas lecciones que me atrevo a recoger a partir del drama vivido por las inundaciones recientes en nuestro país:

  • No necesitamos héroes, ni peleas políticas de coyuntura. Al contrario, se requiere de una visión de largo plazo que considere el cambio climático y los cambios globales como condiciones críticas y los incorpore como factores de carácter transversal al conjunto de la administración y gestión pública, donde el cuidado de la Naturaleza y de los Derechos Humanos de la población –sobre todo de los más pobres- deben ser una prioridad.
  • Si bien las negociaciones de la Convención Marco de Cambio Climático de las NNUU son hoy el único el escenario multilateral para obtener compromisos a nivel global (aunque esté próximo al colapso por su ineficiencia), hoy la prioridad del ámbito local es más importante que nunca. Es allí donde se puede ver si hacemos progresos o no en detener esta catástrofe y cambiar el mundo para cuidarlo y regenerar el tejido vivo que aún existe.
  • La resilencia debe ser considerada en su multidimensionalidad, desde lo que significa encarar el desafío de la energía sostenible y recuperar la armonía, hasta desarrollar capacidades técnicas, en agricultura, gestión de agua, asentamientos humanos, etc., pero también en asegurar un tejido social sano, fortaleciendo la solidaridad, el respeto y reconocimiento mutuo.
  • Resilencia implica también desarrollar una mirada más compleja que redefina el “desarrollo” en tiempos de cambios globales y que se proponga seriamente dejar de depender de los combustibles fósiles y transitar hacia matrices de verdadera soberanía energética con una visión de largo plazo.
  • El cuidado y restauración de la Naturaleza debe convertirse en una obsesión para todos –en particular para los gobiernos- aprendiendo de la capacidad de la gente, ampliamente demostrada en los días de lluvia, de expresar solidaridad y movilizarse. Aprendiendo de la propia Naturaleza y su diversidad, de la riqueza de la gente, de los conocimientos locales que tiene cada pueblo.

 Debemos neutralizar el “negacionismo” como actitud colectiva; no es una condición inalterable. Personalmente creo que esta actitud puede también entenderse como la imposibilidad de la gente para cambiar hábitos de depredación, porque sencillamente los canales para actuar de manera proactiva y restauradora están bloqueados por los sistemas de poder político, de energía y de mercado que nos rodean.

A pesar de ello está creciendo una conciencia global que quiere empezar a actuar; se trata pues de allanar los caminos para hacerlo y construir comunidades resilientes no solamente en tecnologías y sistemas, sino también en sus tejidos más íntimos –la solidaridad, el amor, la compasión- fortaleciendo la posibilidad de una interacción sana, alimentando el deseo de restaurar la Naturaleza, cultivando la empatía y los sentimientos por otros.

La crisis del cambio climático y los cambios globales demandan de un esfuerzo de restauración que requiere de disciplina, rebeldía y creatividad ante una verdadera emergencia global de sustanciales implicaciones para la vida y la civilización, una emergencia en la que cualquier cálculo político -venga de donde venga- es, simplemente… inadmisible. 

Mayo de 2014

Elizabeth Peredo Beltran es Psicóloga Social y actual Directora de la Fundación Solón. Co fundadora de TAHIPAMU (Taller de Historia y Participación de la Mujer), impulsora del Octubre Azul en Bolivia, es parte del Directorio de Food and Water Watch y del Consejo Socio Científico de la Universidad Terre Citoyene.  

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