Bolivia y el desafío del cambio climático

Elizabeth Peredo

Las últimas inundaciones en Bolivia nos han acercado a algunas preguntas a la luz de estas controversias, que en todo el mundo se están dando con mayor o menor intensidad. Los impactos de la crisis climática están llevando a polarizaciones, crisis, demandas, diferentes respuestas, posicionamientos y propuestas que trascienden el ámbito de las negociaciones del clima.

En Bolivia también se han dado controversias; las motivaciones han sido más vinculadas a tensiones de índole política y regional. Mientras la gente de los pueblos de la Amazonia se preguntaba: “¿qué vamos a hacer ahora?, ¿con qué vamos a sostener a nuestras familias?, ¿somos menos importantes que las vacas?”. Las tensiones desatadas a raíz de las inundaciones muestran lo lejos que nos encontramos de reaccionar a la escala necesaria. Tomando distancia de lo que diga el gobierno, lo que demanden los cívicos, lo que callan los brasileños o lo que declaren los políticos, lo que verdaderamente interesa es asumir el desafío de construir una sociedad resiliente a los cambios globales.

Hay algunas lecciones que me atrevo a recoger a partir del drama vivido por las inundaciones recientes en nuestro país:

No necesitamos héroes, ni peleas políticas de coyuntura, ni esfuerzos por liderazgos de pantalla. Al contrario, se requiere de un real compromiso y de una visión de largo plazo que considere el cambio climático y los cambios globales como condiciones críticas  y los incorpore como factores de carácter transversal al conjunto de la administración y gestión pública, donde el cuidado de la naturaleza y de los derechos humanos de la población –sobre todo de los estratos más pobres- deben ser una prioridad.

Si bien las negociaciones de la Convención Marco de Cambio Climático de las NNUU son hoy el único  escenario multilateral para obtener compromisos a nivel global (aunque esté próximo al colapso por su ineficiencia), hoy la prioridad de desarrollar acciones en el ámbito local es más importante que nunca. Es allí donde se puede ver si hacemos progresos o no en detener esta catástrofe y cambiar el mundo para cuidarlo y regenerar el tejido vivo que aún existe.

La resilencia debe ser considerada en su multidimensionalidad, desde lo que significa encarar el desafío de la energía sostenible y recuperar la armonía, hasta desarrollar capacidades técnicas, en agricultura, gestión de agua, asentamientos humanos, etc., pero también en asegurar un tejido social sano, fortaleciendo la solidaridad, el respeto y reconocimiento mutuo.
Resilencia implica también desarrollar una mirada más compleja que cuestione y redefina el “desarrollo” en tiempos de cambios globales y que se proponga seriamente dejar de destruir la naturaleza para sobrevivir y dejar de depender de los combustibles fósiles para transitar hacia matrices de verdadera soberanía energética con una visión de largo plazo.
Si bien el cambio de sistema económico es el centro de la transformación que se necesita, el cuidado y restauración de la naturaleza debe convertirse en una obsesión para todos –en particular para los gobiernos- aprendiendo de la capacidad de la gente, ampliamente demostrada en los días de lluvia, de expresar solidaridad y movilizarse. Aprendiendo de la propia naturaleza y su diversidad,  de la riqueza de la solidaridad humana y de los conocimientos que tiene cada pueblo.
Debemos neutralizar el “negacionismo” como actitud colectiva; no es una condición inalterable. Personalmente creo que esta actitud puede también entenderse como la imposibilidad de la gente para cambiar hábitos de depredación, porque sencillamente los canales para actuar de manera proactiva y restauradora están bloqueados por los sistemas de poder político, de energía y de mercado que nos rodean.
A pesar de ello está creciendo una conciencia global que quiere empezar a actuar; se trata pues de allanar los caminos para hacerlo y construir comunidades resilientes no solamente en tecnologías y sistemas, sino también en sus tejidos más íntimos –la solidaridad, el amor, la compasión- fortaleciendo la posibilidad de una interacción sana, alimentando el deseo de restaurar la naturaleza, cultivando la empatía y los sentimientos por otros.
La crisis del cambio climático y los cambios globales demandan de un esfuerzo de restauración que requiere de disciplina, rebeldía y creatividad ante una verdadera emergencia global de sustanciales implicaciones para la vida y la civilización, una emergencia en la que cualquier cálculo político -venga de donde venga- es, simplemente… inadmisible.

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