Experiencia de Bolivia en la Participación popular en Salud- Artículo de Javier Torres-Goitia

Hoy 7 de abril se celebra el día Mundial de la Salud, este año se ha decidido que la temática será la Inocuidad de los alimentos. En Bolivia los alimentos insalubres ponen en riesgo a una gran parte de la población. Según la Organización Mundial de la Salud la falta de atención a la limpieza y calidad de  los alimentos puede causar desde diarrea hasta cáncer. Los parásitos, virus, bacterias y metales en la comida pueden generar 200 enfermedades. Hoy es un día para alertar a toda la sociedad desde agricultores hasta trabajadores públicos sobre la importancia de la inocuidad de los alimentos.

En Bolivia la salud es un tema ha sido trabajado según el doctor Javier Torres Goitia, hasta antes de 1983 los planes de salud no habían superado la práctica asistencialista. Sin embargo al reiniciarse el proceso democrático, en el país se formuló una política de salud renovadora y ajustada a la realidad social de lucha por consolidar la libertad y por el logro de reivindicaciones básicas. En conmemoración al día Mundial de la Salud les compartimos un artículo del dr. Javier Torres-Goitia sobre la Experiencia de Bolivia en la Participación popular en Salud.

salud bolivia

Crédito fotográfico: Ministerio de Salud Bolivia 


[saludpublica.bvsp.org.bo/ Javier Torres Goitia]

Participación popular en la salud
La Experiencia de Bolivia *
Dr. Javier Torres-Goitia Torres

1.- CONSIDERACIONES GENERALES.
La participación popular en salud, fue planteada en Alma Ata en el contexto de los ideales de Justicia Social y de una equidad que se reconocía inexistente tanto en las relaciones internacionales como al interior de cada país entre diferentes clases sociales.1 Sin embargo, la mayoría de los 134 gobiernos que asistieron a la Conferencia Internacional sobre Atención Primaria, no llegaron a reconocer que desde mucho antes de Alma Ata, los pueblos estuvieron luchando contra estas injusticias y aún sin proponérselo deliberada y explícitamente, también por defender su salud, al luchar por sus propias reivindicaciones. Se mantuvo así una interesada dicotomía de la realidad que llevó a considerar la participación en salud como emergente de una estrategia hábilmente planteada por los expertos en salud en favor de los servicios médicos, sin vinculación alguna con las luchas sociales de reivindicación. Para aplicar esa estrategia, se buscaron incluso sofisticadas técnicas de mercadeo, como si se tratara de incorporar al consumo popular la marca de un cigarrillo u otro hábito cualquiera sin relación con su derecho a conquistar mayor bienestar con una legítima lucha social, que por esencia es indelegable y tiene que estar protagonizada por sus propios actores.
De este modo, los servicios de salud asumieron como una más de sus obligaciones, la de promover la participación “comunitaria” siguiendo, a su modo, los postulados de Alma Ata, pero esta participación, inducida de arriba abajo y desvinculada de la lucha reivindicativa de los sectores sociales menos favorecidos, pasó a ser un recurso institucional más, para el logro de objetivos prefijados perdiendo su natural energía como fuente de movilización social.
Con tal criterio, la mayoría de los estudios sobre participación en salud omiten el análisis de las circunstancias sociopolíticas y de desarrollo económico. Al centrar su análisis casi exclusivamente en la atención médica, la participación aparece como una estrategia administrativa que para aumentar su eficiencia convoca a la población como “objeto” de un programa a que participe en él. Gustavo I. de Roux, señala muy bien, que en los servicios formales de salud la participación puede restringirse: “1) a su utilización, 2) a la colaboración en acciones puntuales derivadas de iniciativas surgidas en los mismos servicios y 3) a ser un mecanismo útil para disminuir costos, volcando sobre la población responsabilidades del Estado 2.
La participación, promovida institucionalmente no va más allá de los puntos resumidos por Roux. Coincidimos con tal planteamiento añadiendo por nuestra parte, que esos puntos no son alternativos, sino que habitualmente, en la práctica, suelen estar combinados los tres simultáneamente. Tal situación no cambia porque la institución convoque a la comunidad para todas las etapas de la programación o sólo para algunas. Tampoco se modifica porque se otorgue a la comunidad el derecho de elegir a sus representantes o porque se respete más o menos a las organizaciones legítimamente constituidas en lugar de promover otras, ad-hoc. Mientras se mantenga la iniciativa y la verticalidad autoritaria de la institución, la participación puede convertirse en manipulación que mutila la energía popular aunque se la promueva con la mejor de las buenas intenciones.
En cambio, la participación reivindicadora no puede confundirse con ninguna estrategia de alguien o de algún interés para mover las colectividades en uno u otro sentido. Por definición es algo inherente a los propios sectores populares. Si hablamos de participación de los menos protegidos con las instituciones de salud, ésta sólo puede darse a cambio de que las instituciones asuman la justicia del reclamo popular, respalden sus aspiraciones de reivindicación legítima y colaboren con estos en el logro de mejores condiciones de vida y de salud. La relación inversa también es posible y de hecho es la más frecuente; las instituciones pueden asumir el rol de sujetos y recibir la colaboración popular, que es tan generosa que también se da. De hecho si la población encuentra que una institución trabaja en su beneficio, resulta legítimo que colabore con ella, pero en tal caso, la energía ya no dimana de la población ni se puede esperar de ella otra cosa que una ayuda. El liderazgo lo asume la gerencia, no la población misma y por mucho esfuerzo que se ponga, la mejor de las gerencias sociales de alta eficiencia, nunca tendrá el poder creador ni la decisión productiva de los que sufren los problemas porque estos no son sólo “objetos” con vida, sino “sujetos” humanos con voluntad y fuerza colectiva.
La necesidad y la utilidad de la participación popular, parecería que han ganado consenso no sólo entre los que dirigen el sector salud sino entre los administradores del Estado “moderno y democrático”. Sin embargo, conviene puntualizar las diferencias que se dan en nuestro continente, entre los que impulsan la participación consciente y democráticamente y los que la utilizan con una buena dosis de confusión y otra de hipocresía.
El tema no es tan simple como para reducirlo a una estrategia gerencial. Guimaraes, estudia la participación comunitaria en su relación con el Estado y el Desarrollo, recalca las diferencias entre la participación individual y colectiva, se refiere a las dimensiones sociales y políticas del concepto y afirma que la participación asume un carácter intrínsecamente conflictivo porque “ampliar los espacios de participación para los sectores populares supone cambios significativos en las relaciones y la distribución de poder” 3 En cuanto a la práctica participativa afirma que la participación supone un sentimiento de pertenencia y al mismo tiempo de intervención, critica como falsa la participación física sólo en la ejecución del proyecto como mano de obra barata afirmando que ” se hace indispensable determinar su grado de autonomía para intervenir en el proceso e introducir modificaciones en el diseño inicial; o sea, participar en igualdad de condiciones con los responsables del proyecto (normalmente agentes del gobierno local o central) en las decisiones relativas a su ejecución.


* Trabajo presentado en la Reunión Andina sobre Desarrollo de la Teoría y la Práctica en Salud Pública. OPS/OMS Escuela de Salud Pública Quito Ecuador. 2-4 Septiembre de 1993. Publicado en la Revista UASB, y Salud. Vol.1. No. 2.1933. Reeditado en mayo del 2003 para el curso de Flagship.


Para leer el artículo completo ingresar al siguiente link: Participación popular en la salud– La Experiencia de Bolivia *

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