Los colonos de Choré controlan la tierra, su ley y cambian el clima

[El Deber, Pablo Ortiz, 20/09/2015]

Aquí se acabó tu entrada al Choré –dice José María Tarima, un hombre grande, canoso y experto en bosques que no quería estar aquí, a cinco kilómetros de la comunidad Guadalupe, en el municipio Santa Rosa del Sara, donde una palaexcavadora interrumpe el camino que parte en dos la Reserva Forestal Choré.
Es mejor irse. Estos revientan un cohete y rapidingo se juntan –aconseja Ángel Durán, moreno y lastrado por una pierna rota que aún no termina de sanar. Lleva dos horas alardeando sobre lo bien que conoce los caminos. Prometió un bosque perturbado, comido por los colonos que han avasallado la reserva para convertirla en territorio de cultivos de soya. El bosque, en estos cinco kilómetros, se ha convertido en una alfombra muy verde de arbustos de hojas redondas que en tres meses se llenarán de vainas con tres semillas doradas de soya.
Ángel Durán es el corregidor de Santa Rosa del Sara, pero acá su cargo no le importa a nadie.
Si alguien nos para, no hay que mostrar miedo. Hay que hablarles fuerte, porque si nos ven con miedo será peor –dice Durán, como describiendo perros bravos y no a agricultores.

Embutidos en el asiento trasero de una camioneta blanca con rayas verdes, Durán y Tarima parecen contar cuentos de terror. El conductor no está muy convencido de haber manejado cientos de kilómetros para entrar solo cinco dentro de Choré y hace gestos de incredulidad.
Ahí viene una camioneta roja. Seguro que a ellos los dejan pasar y nosotros seguimos detrás –dice el chofer, amable, experimentado al volante y apasionado por cubrir historias que terminan en primera plana.
Si ustedes quieren, entramos; pero son peligrosos –responde Tarima, un ingeniero forestal y funcionario de la Gobernación que hace cinco años está a cargo de las reservas forestales del departamento, pero que solo dos veces ha logrado entrar a Choré, por miedo a que alguien le corte el cuello-. Mi cabeza tiene precio ahí adentro. Yo le he rechazado un montón de proyectos a esta gente, porque aquí no se puede hacer inversión pública.

Los ‘cazadores de cabeza’ que buscan a Tarima son entre 6.000 y 7.000 familias de colonizadores andinos que le han ganado la partida al bosque y domado la tierra a fuerza de desmontes y chaqueos. Los precios de la soya de la última década hicieron que pasaran del hacha y el machete a la oruga y a los tractores. La media hectárea de desmonte por año se ha convertido en decenas y ahora, en época seca, los motores gruñen adentro del santuario forestal, empujando árboles que no soportan sus caballos de fuerza y que se acuestan para luego morir tragados por lenguas de fuego o descuartizados por motosierras.

La camioneta roja no llega hasta el punto bloqueado. Sus ocupantes apenas saludan cuando la Hilux blanca le da alcance y no da esperanzas al paso. Ahí, metros antes de chocar contra la pala excavadora abandonada, hay un camino que se interna por el sembradío y parece bordear el bloqueo. La camioneta blanca lo sigue y al final del sembradío el sendero se bifurca. Las huellas de una oruga hacen creer que los colonos han habilitado un camino alternativo para transitar mientras la excavadora trabaja sobre la ruta principal. Pocos cientos de metros más allá, después de un bateón forjado por huellas de tractor, dos orugas quitan el bosque para habilitar un sembradío. Tarima se excita, se olvida de su cabeza y baja a tomar fotografías. Por fin el viaje vale la pena, por fin tendrá algo que denunciar a su vuelta. Su emoción dura poco. Una motocicleta siguió las huellas de la camioneta y la mano del perseguidor pronto intercepta la lente de la cámara que caza imágenes.

¿A quién le han pedido permiso para entrar? –vocifera el recién llegado, alto, macizo y quemado por el sol.
Por qué tendría que pedir permiso para entrar en mi provincia –responde el corregidor, poniendo en práctica su teoría de que no hay que mostrar temor-. Yo soy el corregidor.
El hombre vuelve a subir a su moto y acelera como perseguido por la muerte. Durán y Tarima regresan a su asiento trasero y esta vez, con expresión de pánico, piden al chofer que acelere, que no se deje ganar por el motociclista. Sígalo, hay que ganarle, si llega antes que nosotros va a juntar a la gente –ordena Tarima, afligido.
La tarea es imposible. La motocicleta surca el camino con mayor eficiencia que la camioneta, que rebota en la senda. Cuando el final de sendero está a la vista, la urgencia ya no tiene sentido. Un tractor azul, flamante, unido a una garra para arañar el suelo, se ha atravesado en la carretera en construcción, cerrando cualquier posibilidad de escape. Los hombres que viajan en la camioneta blanca están atrapados.

Un mes antes
A ustedes los cambas y a no- sotros los cruceños nos debería interesar lo que te voy a mostrar -promete Rafael Cabrera, un ingeniero forestal nacido en Potosí, pero cruceño por decisión que se ha vuelto experto en estudios con sensores remotos sobre la base de imágenes satelitales. Sin moverse de su computadora, Cabrera es capaz de saber cuántas hectáreas han caído en todo el departamento, cuántos incendios han asolado una región en 10 o 20 años, cómo se ha comportado el clima en algún punto o qué zonas se inundarán cuando el fenómeno de El Niño haga sus travesuras en Bolivia.
Cabrera empieza mostrando un estudio que el ingeniero alemán Robert Müller hizo con la Fundación Natura en 2010 y en el que predijo que para 2035 el 60% de la Reserva Forestal Choré habrá desaparecido.
Ya es 2035 -dice Rafael, sentado en un sillón de cuero de un linving institucional, frío, despersonalizado- En 2015 los colonos ya están en toda esa zona, hay predios que han ardido varios años y nadie dice nada.
Cabrera muestra sus estudios sobre la base de fotografías satelitales de 2014 y demuestra que la deforestación marcha mucho más rápido que lo predicho por Müller. Las manchas rojas de las zonas deforestadas parecen raspones en medio del mapa verde con forma de punta de flecha, que forman los ríos Ichilo y Piraí en el norte de Santa Cruz.
Müller no creyó que pudieran entrar por los ríos -explica- pero entre la zona boscosa y los bajíos, ya el 20% de la reserva Choré ya ha sido afectada.

Allá, adentro del monte, el río Piraí no es el arroyo ancho, moribundo y lodoso que cruza la ciudad, sino un río encajonado y navegable que ayuda a los colonos a transportarse, sacar madera aserrada y mantener la humedad en toda la zona.
Esto es cambio climático. Ya han cambiado la temperatura de la zona y si no hacemos algo, mis hijos y tus hijos pelearán por el agua, como en la película Mad Max -exagera Cabrera.

Antes de irse, Cabrera abre una lámina más, su última adquisición. Es una foto satelital que tiene solo dos semanas de antigüedad. En la punta inferior está la ciudad de Santa Cruz y en la superior, el área sur de Choré. En medio, hay un desierto deforestado. Cabrera ha trazado una línea entre la parte boscosa del Choré y la parte deforestada y ha comparado los resultados de temperatura con imágenes satelitales similares de 1991, 2001, 2005 y 2015. Lo que descubrió deja incrédulos incluso a los biólogos de Museo Noel Kempff Mercado: la diferencia de temperaturas supera los 15 grados entre el Choré intacto y el arrasado.
Viste, es como en Mad Max, pelearán por el agua -dice Cabrera, citando a la distopia refilmada por George Miller, en la que los últimos habitantes de la tierra luchan por controlar el agua en medio de un desierto humeante.

Un día antes
Hace calor en Buenavista, pero el café expreso del único bar abierto a las tres de la tarde puede ser el único antídoto a un almuerzo pesado. Lo comprueba Edson Ureña, subprefecto de Ichilo, joven, risueño y residente en Yapacaní, una de las puertas de entrada a Choré.
No es que tengamos miedo de entrar, pero es mejor entrar coordinando con ellos. Yo, de todas formas, nunca entro. Me comprometerían con alguna obra y no se puede invertir allí -cuenta, Ureña vestido con la camisa verde con adornos chiquitanos.

Las más de 30.000 personas que han invadido la reserva forestal están en un limbo jurídico. Nadie, ni el Municipio, ni la Gobernación ni el Gobierno central pueden hacer obras, fundar escuelas o postas sanitarias allí porque la ley lo impide.
Entonces, ¿cómo es posible que el casi millón de hectáreas que conforman la reserva forestal estén cuadriculadas de caminos, que los colonizadores hayan logrado contratar orugas que tumben árboles y preparen el suelo para ser cultivado a un costo promedio de $us 500 la hectárea? La respuesta puede estar en el negocio forestal. Choré es una mina de dólares avasallada.

Según los estudios, Choré era un bosque prolífico, con un potencial forestal de 18,3 metros cúbicos por hectárea. Eso alcanzaría para sacar un tablón de madera de un metro de espesor del tamaño de un living-comedor de un departamento promedio. Si el manejo fuera sostenible, con un promedio de cinco metros cúbicos por hectárea, en toda la reserva, se podría recaudar 700 millones de dólares al año. Si solamente se tuviera bajo manejo forestal las 40.000 hectáreas ya deforestadas (un área equivalente a la actual mancha urbana de Santa Cruz de la Sierra), eso daría $us 28 millones al año y sería la empresa forestal más importante del país, que en 2014 exportó maderas preciosas por un valor de $us 71 millones.

Tenemos pruebas de cómo los colonizadores obligan a los que tienen concesiones de madera en Choré a hacer puentes y caminos, sino no los dejan entrar -dice Tarima-. Les permiten sacar la madera a cambio de que abran caminos. Después, esas mismas orugas son utilizadas para desmontar.

Con el tiempo, los colonos de Choré han ganado peso político. Hay unos 7.000 votos dentro de la reserva en el lado de Yapacaní. Con eso han logrado dos concejales que representan a los que han invadido la reserva. En Santa Rosa han logrado una representación similar e incluso han tenido una vecina que fue ministra. Nemesia Achacollo, exministra de Desarrollo Rural, tiene tierras en Los Andes, una comunidad asentada en una zona que hasta 2000 fue parte de la reserva.

De esa misma comunidad es Silvia Lazarte, que presidió la Asamblea Constituyente.
Del lado de la reserva que pertenece a Yapacaní, el 70% viene de Chapare y el resto son de este pueblo -dice Cirilo Sonabi, concejal de Yapacaní, que se refresca al final de la tarde en la plaza de su pueblo. Él fue ejecutivo de la Federación Intercultural de Yapacaní, el último que presidió a las 30 centrales, antes de que las ocho centrales ilegales de dentro de Choré hayan formado su propia federación-. Menos de un 20% vive ahí y, cuando llueve, todo se inunda y casi nadie se queda. En 2010 ya habían hablado de desafectar la reserva -volverla legalmente territorio de cultivo-, pero pidieron 300.000 hectáreas y el Gobierno ofreció solo 160.000. Hicieron un bloqueo para presionar y ahí se rompió el diálogo. Quedó en nada.

Atrapados
Estaban sacando fotos. Seguro que nos van a ir a denunciar -les dice el hombre de la motocicleta a los reunidos en el punto donde el tractor con la rastra cierra el camino a los que viajan en la camioneta blanca.
¿Por qué sacan fotos, si saben que es ilegal chaquear aquí? ¿A quién le han pedido permiso para entrar? Es como si nosotros entráramos a sus casas sin pedir permiso. Seguro que ahora van a ir a denunciarnos -dice un hombre con la polera de la selección boliviana del 94.
No ha explotado ningún petardo, pero la valentía del corregidor que aconsejaba hablarles fuerte a los colonos se ha esfumado. Ahora está sumido en su asiento y permanece callado, metiendo hojas de coca a su boca para alimentar el bolo que lo mantiene en pie sin desayuno a las 8:30. La gente empieza a reunirse rápidamente. Delante la pala excavadora que bloquea el camino que se interna en lo profundo de la reserva han estacionado dos camionetas más, por si al chofer de la Hilux blanca se le ocurre la aventura de tratar de escapar.
Será que si pone doble se puede pasar por encima de la soya -pregunta el fotógrafo que comparte el asiento trasero con Durán y Tarima. Sería una opción inútil. Bastaría a los colonos con atravesar alguno de los tractores que arrastran fumigadoras para volver a bloquear la ruta, o con subir la cuerda que asegura alguno de los tres retenes que hay que atravesar antes de llegar a Guadalupe para volver a detener a la camioneta. No queda otra: hay que esperar a que la base se junte, a que lleguen los dirigentes para dialogar y tratar de seguir viaje.

Aquí, hemos acordado entre todos, el que entra sin permiso es amarrado al palo diablo -dice un anciano, que acaricia la penga de una palmera, que bien podría servir para azotar la espalda de algunos de los retenidos.
¿Palo diablo? Seguro puej. No han dejado ni palo diablo en medio de los sembradíos, de dónde van a sacar -rezonga, irónico, en voz baja el chofer canoso.

Cuando Tarima se baja a tratar de negociar el desbloqueo, nadie quiere hablar con él. Desde el asiento del tractor, el hombre que manejaba la motocicleta le reprocha las fotografías y el anciano con el látigo en la mano le informa de que la última vez que los técnicos de la Administradora de Bosques y Tierra (ABT) osaron entrar sin permiso fueron retenidos tres días, que a eso se exponían al no haber pedido permiso para entrar.
Pronto, una mujer de pollera llega al bloqueo y se informa rápido.

¿A qué han venido, por qué han entrado? -recrimina.
Cuando se le explica que se había venido a hacer un reportaje sobre la producción en Choré, ella ríe irónica. “¿Cuándo pues han venido antes, a quién han pedido permiso?”, reprocha.
La mujer venía a bordo de la camioneta roja que minutos antes el chofer había seguido y parece ser dirigente de la zona, pero no tiene todo el poder. Se aleja del punto del bloqueo para buscar un teléfono para convocar al resto de los dirigentes, mientras el hombre de la motocicleta exige a Tarima y al fotógrafo borrar las fotografías que habían tomado detrás de los sembradíos, donde las dos orugas devoraban la reserva. Borraron tarjetas de repuesto.
Estamos con un equipo de prensa de un periódico. Sus jefes saben que estamos aquí dentro y si no nos comunicamos con ellos se van a preocupar -reflexiona Tarima.

Que se preocupen, ¿acaso nosotros les dijimos que entren sin permiso? -retruca uno de los hombres que ha llegado al bloqueo.
Tarima aprovecha la ausencia de la dirigente para llevarse a Durán rumbo a Guadalupe, con el pretexto de llamar por teléfono al diario para que no se preocupen. Los colonos lo dejan irse bajo el sol de media mañana. “Va a adelgazar. Son cinco kilómetros hasta Guadalupe y hay un teléfono más cerca”, dice un hombre, ante la carcajada de todos.

La camioneta y tres personas más quedan como garantía de que el conflicto aún no ha terminado, de que aún los campesinos tienen la sartén por el mango y que la denuncia por el desmonte ilegal no será divulgada aún. Tarima apura el paso. La pierna rota de Durán hace que vaya más lento y el funcionario de la Gobernación vacía su billetera de tarjetas personales, credenciales y de tarjetas de funcionarios de la ABT. Si es obligado a volver y lo requisan, su vida de verdad puede correr peligro.

Dos semanas después
La oficina de la ABT en Santa Cruz de la Sierra es lo más parecido a un puerto pirata que se puede encontrar a 3.000 kilómetros del mar. Es una gran explanada donde encallaron decenas de camiones ‘pirateros’ de madera, en la que se ha descargado miles de pies cúbicos de madera que se mojan, se secan y se pudren a la intemperie.

La oficina principal es una casa de dos pisos con una escalera de madera imponente. En una de las oficinas con aire acondicionado de la planta alta está Rolf Köller, el director nacional, un hombre que supera el metro ochenta y cinco de estatura, de voz rasposa y que bebe un líquido blanco, denso, de apariencia similar a la leche con ‘velocina’ que consumía Alex DeLarge en la adaptación de La naranja mecánica de Stanley Kubrick.

Si entramos a Choré, nos matan a palos, pues -dice Köller, excandidato a alcalde de Trinidad por el MAS y que admite que no tienen la menor posibilidad de entrar a la reserva forestal y decomisar la maquinaria con la que están haciendo el desmonte ilegal, como indica la ley.
Para el beniano, el mayor problema es el tráfico de tierra al interior de la reserva. En la Gobernación hay denuncias de que cada parcela de 50 hectáreas se oferta por $us 20.000 y que algunas han cambiado de dueño hasta cuatro veces.

Köller es el hombre encargado de cuidar los bosques del país, pero su trabajo se ha reducido con el paso del tiempo. En 2005, Bolivia era campeón mundial de bosques certificados, con 2,5 millones de hectáreas. Había 89 empresas forestales con 5,8 millones de hectáreas bajo concesión y ahora solo quedan 20, con 800.000 hectáreas de producción. La Cámara Forestal calcula que al menos 20.000 empleos se han perdido en la última década en toda la cadena de producción y el sector maderero cada vez pesa menos en la economía. Desde el año pasado, Bolivia, con 50 millones de hectáreas de bosque nativo, pasó a ser un importador de madera. En 2010, exportaba tablones por un valor de 120 millones e importaba solo $us 17 millones. En 2014, exportó solo $us 65 millones e importó productos de madera por un valor de 71 millones.
Choré es parte de un problema estructural del país. Por eso estamos promoviendo un pacto nacional por los bosques -dice Köller. El funcionario calcula que en 30 años Bolivia habrá perdido casi la totalidad de los 50 millones de hectáreas de bosque que hoy tiene. Ya lo ha visto antes en países con similares problemas de pobreza que Bolivia. Pasó en Centroamérica y pasará en Bolivia si no se llega a un acuerdo de cuánto bosque se quiere tener y se respeta.

La reserva forestal Choré ya tuvo su pacto. En 2000, durante el Gobierno de Hugo Banzer, se desafectaron 250.000 hectáreas de la reserva y se llegó a un acuerdo con los colonos para que cuiden el resto. Esa zona debería servir como un amortiguador para que cesen los chaqueos y debían dejar una franja de monte. Nada de eso se ha cumplido. Hoy, hasta la puerta de Choré, en el área desafectada, llega tal vez el mejor camino ripiado de Bolivia, construido por la Administradora Boliviana de Carreteras, y hay planes de asfaltarlo antes de 2020.

Ese mismo camino, igual de ancho, era el que estaba siendo continuado por los colonos de Choré desde Guadalupe al interior de la reserva forestal. Köller asegura que nunca le consultaron sobre la pertinencia de mejorar ese tramo.
Los bosques en el oriente están sufriendo la presión de los habitantes andinos expulsados por la pobreza -dice Köller- Ahora hay que preguntarse: ¿vamos a bajar a toda la población rural andina al oriente o en algún momento vamos a pensar en cómo incorporamos tecnología para hacer viable económicamente al campesino en su zona?
El plan que tiene Köller es convertir a los campesinos de las zonas andinas en agricultores forestales, en hacerlos sembrar especies de rápido crecimiento que sean adquiridas por empresas estatales de pulpa de celulosa (papeleras). Ese negocio, por ejemplo, permite aprovechar hasta 100 metros cúbicos de madera por hectárea en Chile, muchos más de los cinco millones de los bosques nativos bolivianos.

Ese mismo día, el 14 de septiembre, la Secretaría de Medio Ambiente de la Gobernación le hizo llegar a Köller la denuncia con fotografías, coordenadas y justificaciones del desmonte y el camino que está siendo construido en Choré. Cinthia Asín, titular de esta secretaría, no tiene esperanza de recibir respuesta. No la recibió con la denuncia similar que presentaron el año pasado.

La oficina de Asín está en el Centro de Educación Ambiental de la Gobernación, un edificio rectilíneo de proporciones inhumanas forrado con vidrio espejado que bien podría ser un invernadero. Dentro, el calor que se mete por el vidrio espejado es mitigado por el rugir de los aires acondicionados. Desde allí, Asín, abogada experta en derecho ambiental, debe urdir una estrategia para tener la posibilidad de intervenir en la invasión de Choré. Han inventado lo que ella llama una ‘ficción jurídica’: unidades de conservación de patrimonio nacional. De esa forma, todas las reservas departamentales y municipales podrán ser intervenidas por la Gobernación. Eso no les permitirá, sin embargo, intervenir en Choré, porque es una tierra fiscal.

Es una situación alarmante considerar que este departamento podría ser igual sin sus reservas forestales y áreas protegidas -dice Asín-. Somos el motor de la economía, pero también el motor de conservación. El 32% de las áreas protegidas de todo el país están en Santa Cruz.
Cuando la región es pintada como una locomotora que mueve al país, Choré es parte del combustible que mueve la locomotora. Las lluvias que se forman en la reserva forestal (vecina del Tipnis, del Parque Amboró y del Parque Carrasco y de la Reserva Forestal Guarayos) riegan los suelos de 26 municipios cruceños, justo en los que está toda la producción e infraestructura agropecuaria del país. Además, al estar al pie del codo de los Andes, sirve de cortina rompevientos para toda la zona. Según cálculos de Asín, Choré protege y ayuda a producir unos $us 1.000 millones al año y la mitad de los alimentos del país.

El cambio climático ya está pasando aunque creamos que aún no es evidente -dice Asín-. El fuerte viento, el calor en invierno, las lluvias torrenciales concentradas en pocas horas, todas esas son señales de que el clima está cambiando en nuestro departamento.

La negociación
Después de que Tarima y Durán se perdieron en el horizonte, ningún colono quiso seguir hablando. La decisión era simple: esperar a los dirigentes y a las bases que ya estaban avisadas de la captura. El sol, cada vez más alto y fiero, se fue apoderando de todo, mientras un tractor más se sumaba al bloqueo y su operador se quejaba de que en la parcela de enfrente, otro tractorista fumigaba como si nada estuviera pasando.

Mientras más gente llega, los tres ocupantes de la camioneta se refugian del calor al interior del vehículo y tratan de matar el tiempo leyendo el periódico del día anterior, dormitando y hojeando algún libro. El silencio es casi absoluto.
No nos van a matar. Ya salieron dos a avisar, no les quedará otra que dejar que nos vayamos -comenta uno de ellos. Nadie responde al comentario. Cada vez hay más gente y cada grupo que llega se acerca a la camioneta y mira a los tres ocupantes, que evitan hacer contacto visual. “¿No son más?”, preguntan. “Dos más se fueron, escaparon”, responde alguno. “Ven, ¿por qué se escaparon si no estaban haciendo nada malo? Algo malo nomás han tenido que estar haciendo”, dice otro.
A esas horas, Tarima y Durán ya han conseguido un aventón hasta Los Andes, han llamado a la Gobernación y los bloqueados tienen ahora estatus público de rehenes, aunque no les hayan tocado un pelo ni quitado la camioneta.
Cuando vuelve la mujer de pollera, acompañada de un hombre mayor, canoso, sereno, comienza el juicio.
Ya, digan nomás, no nos mientan, a qué han venido. No les creemos que han venido a ver la producción, si ustedes nunca vienen -arremete la mujer de polleras-. Por qué a ver no vienen cuando estamos inundados, cuando no podemos salir. Por qué vienen a fotografiar nuestro camino.

Somos pobres, desmontamos tres hectáreas nomás para comer, ¿por qué no donde los ricos?
Cuando los de la camioneta insisten en que vinieron a ver la producción agropecuaria, cuando les dicen que ya han borrado las fotos, cuando les ofrecen las tarjetas de memoria de las cámaras y de los celulares a cambio de que los dejen ir, el reclamo cambia. “Seguro que ya se las llevaron los que huyeron”, se escucha desde atrás.

Hay que dejarlos ir, qué más vamos a hacer, de nada sirve que firmen un documento para no sacar nada, porque no lo van a cumplir -dice el dirigente canoso, que se convence de que el tiempo ya no es su aliado cuando uno de los retenidos le explica que, tal vez, desde el diario ya llamaron a la Policía y el bloqueo puede derivar en intervención.

A las 12:30, mientras los hijos de los colonos lloraban por hambre y el único árbol que dejaron a un costado del sembradío de lo que fue reserva forestal ya no alcanzaba a darle sombra a todos, dejaron ir a los periodistas. Nadie, ni la Policía, ni la ABT, ni la Gobernación, volvió para tratar de decomisar las máquinas. Hasta allí no llega el Estado. Allí mandan las centrales ilegales de la ex reserva forestal Choré

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