TIQUIPAYA II ¡Que viva el cambio climático! – Un artículo de Cecilia Requena

[Página Siete, Cecilia Requena, 18/10/2015]

Lo peor de Tiquipaya no son las contradicciones: son los nefastos efectos sobre la causa que se dice defender, dice Requena.

En definitiva el “derecho al desarrollo” se parece demasiado, en sus aspiraciones y justificaciones, al “desarrollo” de esos países capitalistas a los que tanto se critica.

“¡Que viva el cambio climático!”. Esa fue la arenga lanzada por una autoridad local afín al gobierno de Evo Morales, en el reciente cierre de la Conferencia Mundial de los Pueblos sobre el Cambio Climático (CMPCC). Ese instante bien podría ser interpretado como la venganza de la Pachamama contra los asombrosos niveles de impostura alcanzados en su nombre, una vez más. No será, ciertamente, la última. Pero, siendo graves, los niveles estridentes de contradicción, confusión y distorsión alcanzados en Tiquipaya II no son lo peor. Lo peor son los nefastos efectos sobre la causa que dicen defender. Afrontar el cambio climático en pleno despliegue destructivo, aunque apenas inicial, es una responsabilidad común, aunque diferenciada, vital y urgente que demanda visiones y disposiciones muy distintas a las que animan este continuum de reuniones que se presenta como la representación única y auténtica de los pueblos del mundo, aunque sea alentado por gobiernos (básicamente del ALBA) que tienen en común una cierta tendencia política, unos apetitos de eternización en el poder de sus caudillos, ninguna voluntad de autocrítica y, por lo visto, ninguna alternativa real al desafío que afrontamos.

Y justamente porque las actuaciones, los gestos, los discursos y los documentos son contradictorios con la realidad, cabe concentrarse en las tensiones y no así  en el plano formal discursivo y simbólico de la reunión.

Cambio climático, capitalismo, derecho al desarrollo, Vivir Bien…
La solución al cambio climático sería la eliminación del capitalismo, el origen de fondo, la causa fundamental del fenómeno, el cáncer benigno (sic) del planeta, que hay que extirpar, a decir del presidente Evo Morales. Y aunque las implicaciones de esta premisa no se lleven hasta sus últimas consecuencias, en la Declaración (que acusa a los países capitalistas, tanto como les exige –justificadamente– financiamiento, transferencia tecnológica y otros), es posible derivar un par de inferencias que merecen ser verificadas. La primera: los países discursivamente anticapitalistas  tienen las respuestas que necesitamos. La segunda: los capitalistas son los otros.
La realidad se presenta mucho menos clara, menos contrastada, llena de áreas grises, confusas y de flagrantes contradicciones. De hecho, por el momento (que dura ya una década), el “Vivir Bien” promovido como alternativa desde el poder (hay otras vertientes) se parece mucho, pero mucho, al viejo capitalismo de Estado: centralista, extractivista, depredador, inviable, por insostenible en el tiempo y, encima, violador de derechos fundamentales de pueblos indígenas y del resto de la ciudadanía.
Este “Vivir Bien”, al que se le ha agregado una conveniente prótesis transicional  -la del “desarrollo integral”- reclama el “derecho al desarrollo”, entendiéndolo de modo explícito (hay múltiples hechos, decisiones y declaraciones oficiales al respecto) como el derecho a intensificar la destrucción de nuestros bosques, entre otros, porque “no somos los guardabosques de los países del norte”, incluyendo nuestras áreas protegidas, que serían “invento de los gringos”.
Así, queda claro, en el discurso y en los hechos, que para esta perspectiva hay objetivos superiores a la preservación de las fuentes de servicios ambientales críticos para la gente como, por ejemplo, el mantenimiento de ciclos hídricos equilibrados, con la consecuente provisión de agua (ejemplo: lluvias, deshiele de glaciares) con regularidad y predictibilidad; o bien  la resiliencia contra los efectos, potencialmente devastadores, del cambio climático, gracias a la minimización de desastres naturales como inundaciones y sequías agravadas.
Dando la espalda al conocimiento científico disponible (que nos alerta sobre la fragilidad y los riesgos en los que estamos incurriendo al desconocer los límites de la naturaleza, tanto aquí como allá) damos por sentada la provisión de estos servicios y nos les asignamos valor alguno.  Una señal de sensatez sería preocuparse por mejorar las condiciones de vida de las personas, muy especialmente de los sectores empobrecidos, preocupándose, genuinamente, por no alterar equilibrios básicos de los que depende el bienestar y  preguntarse por el valor/importancia que tienen estos equilibrios, aún más críticos en contexto de cambio climático. En la práctica, esas opciones responsables brillan por su ausencia en países como Bolivia, que se reclama como autoridad moral en este ámbito por tener (aún y a pesar de todo) más árboles per cápita que otros.
En definitiva el “derecho al desarrollo” se parece demasiado, en sus aspiraciones y justificaciones, al “desarrollo” de esos países capitalistas a los que tanto se critica;  prefiere olvidar el hecho de que buena parte de los ingresos de algunos de estos países críticos del capitalismo provenga del mercado internacional, incluyendo los derivados de la venta masiva de gases de efecto invernadero (GEI); y que los planes de inversión no hagan más que profundizar esa dependencia en el futuro, en vez de optar por sentar las bases para transiciones hacia alternativas sostenibles.
Que las cosas pueden hacerse de modo muy distinto, reclamando justicia ambiental, social y económica; denunciando determinantes fundamentales de inercias insostenibles e inaceptables, pero asumiendo las propias responsabilidades en aras del interés nacional, lo prueban iniciativas como la propuesta del Encuentro de la Sociedad Civil Boliviana frente al  Cambio Climático para las “Contribuciones Previstas y Determinadas Nacionalmente” (INDC, por sus siglas en inglés). Estos compromisos nacionales voluntarios de reducción de emisiones de efecto invernadero serán parte fundamental de la próxima y crítica Conferencia de las Partes, (COP 21).
Previsiblemente, París no será suficiente para garantizar la minimización de los potenciales estragos derivados del cambio climático. Los líderes del mundo no están a la altura del momento. Son incapaces de decir lo que casi nadie quiere oír, atrapados en intereses mezquinos, ocupados por ganar la próxima (re) elección. Como antes, será la sociedad la que a riesgo de ser “extirpada” de raíz (sic) bajo etiquetas de “ecologismo occidental” o “ambientalismo colonial”,  seguirá procurando desde todas las esferas posibles, empezando por la individual, contribuir a la toma de conciencia en torno a la necesidad de cambios más profundos y auténticos de visión y comportamiento. Ante esta y otras crisis globales ambientales se necesita un cambio de paradigma del “desarrollo”, hacia una noción de bienestar común que no destruya las bases de la vida.

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