Tenías razón, Pablo Solón

Tenías razón, Pablo Solón

[Página Siete, Rafael Puente, 18/12/2015]

Con motivo de la última Conferencia Mundial de los Pueblos, en Tiquipaya, escuchamos a Pablo Solón que, con toda la experiencia acumulada durante los años en que fue responsable de estos temas desde el Gobierno, nos aseguró que la Cumbre de París —la COP21— no serviría para nada. A algunas personas les pareció un exceso de pesimismo. Y de hecho, cuando al terminar dicha Cumbre se levantaron una serie de voces optimistas —incluyendo nada menos que a Greenpeace— que hablaban de acuerdo histórico, de paso monumental, de tiempo de celebrar, de que es el final de los combustibles fósiles, parecía efectivamente que Pablo se había pasado de negativo. Sospechosamente los mayores aplausos venían de Estados tan depredadores, como Arabia Saudita y   Estados Unidos, e incluso de algunas temibles transnacionales…
Sin embargo, al recibir análisis más completos y precisos, y más alejados de la euforia oficial montada por el Gobierno francés, nos encontramos nomás con que Pablo Solón, desgraciadamente, tenía razón. Veamos:
La meta asumida de manera consensuada, para el año 2020, es contener el aumento de temperatura por debajo de los dos grados centígrados —ojalá 1,5 grados—. Con esta contención lo antes posible de las emisiones de gases de efecto invernadero se espera llegar a mediados de siglo a un estado de equilibrio. Sin embargo nos enteramos, a través del experto Roberto Savio, de que el “Centro Climático” ha estudiado que al llegar a los dos grados ¡se anegarán 280 millones de personas!
Parece que para los señores participantes en la Cumbre, en este mundo superpoblado no habría que preocuparse por 280 millones de personas… Pero ojo, al llegar a 1,5 grados (ahora estamos en 0,8) de calentamiento se anegarán sólo 137 millones de seres humanos. Por su parte, la ONU calcula que para el año 2050 podríamos tener 250 millones de refugiados climáticos. ¿Dónde está el avance, señores?
Pero además, Silvia Ribeiro nos recuerda que los acuerdos de París ¡no son vinculantes!, es decir, que expresan buenas voluntades, y de buenas voluntades estamos hartos, y hartas. Parece que lo que se quiere es justificar la emisión de subsidios públicos (para pagar técnicos en geo-ingeniería para secuestrar gases —que puede ser el nuevo negocio transnacional—) y que por tanto a las megaempresas beneficiadas no les preocupa que el año 2100 el planeta sufra ya cuatro grados de calentamiento.
Según dos expertos, como Gudynas y Honty, los grandes actores aplauden precisamente porque tienen claro que no pasará nada. De hecho, el acuerdo más bien nos puede llevar a los tres grados de calentamiento para mediados de siglo. Y explican que es materialmente imposible conjugar los tres objetivos que se plantean: reducir emisiones, hacerlo con equidad, y no detener el crecimiento económico. Uno de los tres tendrá que sacrificarse, ¿cuál creen ustedes que será el sacrificado?
Por su parte la Agencia Internacional de Energía nos hace saber que para no sobrepasar los dos  grados de calentamiento se requerirán —para  2020— 1.000 millones de millones de dólares, mientras que los acuerdos de París establecen un aporte de los países ricos que llegaría, si es que cumplen, a sólo 100 mil millones (¡siendo así que esos mismos países han gastado 14 millones de millones para rescatar bancos!). ¿Huele realmente la COP21 a cosa seria?
Y por casa ¿qué? Nuevamente Pablo Solón nos hace notar que Bolivia va a contramano, ya que seguimos extrayendo combustibles fósiles para exportar, seguimos planificando la construcción de mega-represas (esencialmente depredadoras) y seguimos fomentando la agro-industria —deforestando aceleradamente— para exportar. Cierto que nos consolamos con los ambiciosos planes de reforestación, pero sabemos que por un lado serían carísimos y sabemos, además, que el porcentaje de plantines reforestados que se mueren por desatención es mayoritario…
¿Y qué hacemos, Pablo?, le preguntamos. Y nos responde: La lógica del político es la lógica de lo inmediato y, por tanto, por ahí no hay solución. La solución sólo puede venir de la sociedad civil. Así que ya saben…

Rafael Puente  es miembro
del Colectivo Urbano por el Cambio (CUECA) de Cochabamba.

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