Celebración de una farsa


Celebración de una farsa

Por: Elizabeth Peredo
Psicóloga social
Publicado en Página Siete 

El acuerdo de la XXI Conferencia de Partes sobre cambio climático -considerado como un hito histórico- no es más que una farsa maquillada con un discurso ecologista pero con escasos recursos, mínimas herramientas y pocos compromisos vinculantes que abrió el paso al capitalismo salvaje una vez más.

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Con un ritual similar a la apertura de las bolsas de mercado, con el martillito (en este caso verde martillito) el Canciller francés daba por concluidas las negociaciones con un acuerdo que se ha convertido en emblema de la esquizofrenia social de la que somos presa. El documento no define fechas, plazos, ni compromisos de financiamiento reales y se apoya en el esquema de reducción de emisiones voluntarias (INDC); un sistema que ha acabado de desmantelar los principios obligatorios de responsabilidades históricas que estaba detrás de la Convención y el Protocolo de Kyoto. El resultado será un incremento de la temperatura a más de 3°C antes de la mitad de este siglo, una catástrofe desde todo punto de vista. Es un resultado que, como dijo acertadamente George Mombiot (The Guardian), “comparado con lo que nunca se hizo parece mucho, pero comparado con lo que se tiene que hacer, es un desastre”. Y sobre todo -añade- una evasión escandalosa de las responsabilidades de los países más contaminadores con la humanidad.
Con bombos y platillos para dejar los combustibles fósiles bajo tierra y transitar a renovables, lo que se ha consolidado es un fuerte lobby corporativo y estatal decidido a exprimir hasta la última gota de petróleo de la tierra y, además, “liderar” la transición energética a las renovables. Barack Obama lo celebraba diciendo que lo más importante de este acuerdo es que se ha incluido “a los inversores del sector privado”. Así, la Convención del Clima de las NNUU que empezó como una partida de damas hace 21 años acabó jugando al monopolio, una ronda en la que los más poderosos son quienes ganan la mejor tajada.
Aunque el documento de la COP21 enfatiza el abandono de los combustibles fósiles, no queda claro exactamente cómo se la va a hacer, siendo que estas inversiones aún ocupan una inmensa proporción en los mercados. La industria fósil es un sector que, según informes del FMI, los gobiernos del Norte y del Sur financian con 5,3 trillones de dólares anuales, equivalentes a un 6,5% del PIB mundial; suma que supera escandalosamente a lo que se hace en salud.
Tampoco se entiende cómo se va a estabilizar la temperatura a 2°C e inclusive a menos de 1,5°C, como si el planeta tuviera un termostato que se puede ajustar a gusto y sazón. Ni por qué se opusieron en 2010 al límite de 1,5°C que planteó Bolivia en Cancún como portavoz de las demandas de la Cumbre de Tiquipaya. Al parecer, lo que está detrás es una apertura muy peligrosa a la geoingeniería, la energía nuclear y las falsas soluciones.
La transición ha llenado la narrativa de activistas y gobiernos, pero el asalto de las transnacionales que deciden de manera totalmente arbitraria el tipo, la escala y la tecnología de la transición no se ha dejado esperar. Se podría decir casi lo mismo de muchos gobiernos que están imponiendo modelos de transición energética abusivos e insostenibles, inclusive sin dejar de lado las energías fósiles como el carbón, el gas de esquisto o el petróleo. El resultado parece ser una bolsa negra donde entra todo: nuclear, fracking, solar, gas y petróleo, con infraestructuras que desplazan a comunidades y destruyen territorios agrícolas. Transición energética está muy bien, pero no a cualquier precio y menos eludiendo la gran pregunta de cómo bajar la demanda de energía que acompaña la cultura del sobre consumo.
Por otro lado, seguridad climática se va colocando en lugar de justicia climática porque el patrón de respuesta está cambiando por fuera de la convención y se enfoca en el control de los territorios estratégicos y limitación a migraciones de origen climático. En el marco de las actividades de la sociedad civil en la COP, Nick Buxton y Ben Hayes presentaron un libro titulado Los asegurados y los desposeidos; y una de sus motivaciones ha sido la experiencia del huracán Sandy que afectó Nueva York en 2011 destruyendo por varios días los sistemas públicos de transporte, el agua potable, los sistemas de salud y donde un solo edificio quedó inmune a sus impactos con un sistema propio de agua y electricidad que lo protegía: era el edificio de Goldman Sachs, una corporación.
En este desastre ha saltado claramente para quienes siguen la convención desde una mirada de transformación, que los gobiernos y las negociaciones han perdido legitimidad por su doble discurso y el cinismo de hablar con términos prestados de los movimientos sociales . Se ha criticado el cinismo del gobierno de EEUU, dedicado a desmantelar la convención desde hace 20 años, que aparece como líder de los discursos de transición y de salvar el planeta y que determina hasta el lenguaje final del acuerdo. Y eso incluye a Bolivia, que habla de la Madre Tierra y la justicia climática mientras que en su país impulsa la energía nuclear, aprueba un fondo de incentivos petroleros y promete la construcción de un autódromo,  justificado con el argumento de “si ellos tienen, por qué no nosotros”.

El horizonte civilizatorio del decrecimiento
Esta Cumbre debió haber abordado el decrecimiento como la salida a la crisis climática y la crisis global. Esta no es una idea nueva, al contrario, se la ha esbozado ya hace más de 30 años; es la que estaba en la base de los motivos que hicieron que las NNUU el 92 se reuniera en la Cumbre de Desarrollo Sostenible para hablar sobre límites al desarrollo; la crítica fue reducida a un simple tema ambientalista y recicló el “desarrollo sostenible”.
La única salida que podemos divisar en el horizonte es el decrecimiento que se puede construir en base a economías locales, economías solidarias y de cuidado. Ya lo dijo Sergio Latouche: “O decrecimiento o barbarie”. Y esto no tiene que ver solamente con la escasez de los recursos que pueden derivar del despojo de la naturaleza y los medios de vida, sino de que este sistema está conduciendo a lo que se llama la entropía, el caos, la disrupción sistémica.
Hoy más que nunca hay que iniciar un proceso de desobediencia civil que retorne a las preguntas que nos hicimos inicialmente ante la maquinaria del desarrollo infinito y la sobreexplotación de los cuerpos y la naturaleza.

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