Nadie atiende el incendio de Ñembi Guasu: el área protegida más joven del país

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Estuvo a 30 metros del camino de la salvación, pero el parto atrasó aún más el paso lento de la osa bandera. Tendida, con el hocico alargado apuntando para la carretera, su cuerpo es casi imperceptible en el paisaje desolado: un chaparral carbonizado con nada vivo a kilómetros a la redonda.

Lo que queda de la placenta y el cordón umbilical apunta, a 15 pasos más atrás, hasta otro cuerpo, idéntico al suyo, pero mucho más pequeño. El fuego fue más rápido que la vida aquí en Ñembi Guasu, el área protegida más joven del país, creada apenas en mayo último, la segunda más grande del Chaco americano: 1,2 millones de hectáreas. Fue la primera decisión soberana trascendental de la autonomía indígena de Charagua, la casa, la última casa de los ayoreos no contactados del Chaco boliviano, el Gran Refugio, como indica su nombre.

Hoy es el incendio más grande del país; el único que nadie ha atendido hasta ahora. Desde el 9 de agosto, cuando un chaqueo se descontroló a 15 kilómetros de Roboré, las llamas han devorado más de 100 kilómetros en línea recta, 187.800 hectáreas hasta ayer, ya se ha desbordado hasta Paraguay y hacia el Otuquis y aún nadie hace nada por apagarlo.
“El fuego comenzó por un chaqueo, acá, a la entrada. Saltó la brecha del gasoducto y siguió por debajo del monte. Ahora está cerca de Paraguay. Adentro hay siete estancias ganaderas grandes. El ganado que no se quemó no tiene agua ni pasto que comer”, cuenta Wilman Parabá, peón de estancia, macizo y conocedor de la zona.

Le han dejado pasto de corte en Roboré, pero tendrá que sacar las vacas que le quedan si no quiere perderlo todo.

El fuego está cambiando el paisaje de este lado de la Chiquitania. Sus cicatrices se pueden ver desde antes de llegar a San José. Se ven los restos de lenguas que dejaron la tierra tiznada. Hay toborochis aún de pie, desnudos, muertos. Hay tajibos calcinados que no darán más flores amarillas, hay un cielo gris y un horizonte sepia que al amanecer engaña y parece un mal filtro de Instagram. Al fondo, muy al fondo se ven las serranías, como una dentadura maltrecha. A los costados de la carretera, yacen los restos de llantas calcinadas y sobre el pavimento, camiones cisternas van y vienen tratando de mitigar las llamas. Hay voluntarios extenuados, hay activistas subiendo llamas a Facebook, hay militares, hay autoridades que se bajan de helicópteros con una mochila rociadora.

En Ñembi Guasu no hay nada, solo árboles calcinados. Basta enfilar al sur desde una de las rotondas de Roboré, poner rumbo hacia Paraguay por 15 kilómetros para ver el tamaño del desastre.
Desde el límite de una propiedad ganadera comienza la tierra arrasada. Es difícil creer que solo se trata de un incendio forestal. Parece algo peor, macabro, Napalm, fuego atómico. Todo es carbón u hollín.

A ras del piso rojo hay huellas negras de lo que alguna vez fue pasto seco, más arriba están los arbustos carbonizados y después nada: solo un cielo gris de humo. Lo único vivo a kilómetros a la redonda son una abejas diminutas y sedientas que se pegan al sudor humano buscando refrescarse. Hay que salir del corazón del área quemada para escuchar pájaros, ver alguna mariposa y una urina que deambula por este panteón sin suficientes fuerzas para huir de los humanos. “Está buscando agua y lastimosamente por acá no hay”, la sentencia Wilman Parabá.

Su jefe, Arturo Suárez, protesta por la falta de ayuda desde el teléfono. La zona pertenece a Charagua, pero los estancieros son roboreseños. Cree que por eso no le ha llegado ayuda. “Ese parque es de todos los bolivianos, ¿qué están esperando para mandar el Supertanker?”, se pregunta. Se queja de que los militares paraguayos ofrecieron ayuda, pero los bolivianos se negaron para no crear un conflicto internacional.

Hasta el casino militar que funciona como centro de operaciones de la lucha contra el fuego, Cinthia Soria Galvarro, ganadera que colinda con la brecha del gasoducto, fue a contar que el fuego no respeta nada, que ya ha quemado más de siete propiedades y pidió ayuda de rescatistas para salvar a los animales que no se pudieron refugiar de las llamas. “Que vayan rescatistas, el fuego ya no creo que haya, porque todo lo arrasó”, dijo ayer en Roboré.

El fuego sigue vivo

“Nunca hemos tenido ocurrencia de fuego en esta área”, explica Carlos Pinto, gerente de proyectos de la Fundación Amigos de la Naturaleza.

Ayer por la tarde actualizó el conteo de daños del fuego a través de imágenes satelitales y descubrió que Charagua duplica en superficie quemada a San José de Chiquitos y Roboré: 239.000 hectáreas contra 95.700 y 82.400 hectáreas, respectivamente.

“El fuego comenzó a 15 kilómetros de Roboré, en la zona de Gavetita, justo en los límites entre ambos municipios. Fue una tormenta perfecta: rachas de viento de 70 kilómetros por hora, la helada había dejado el monte bien seco y los vientos del norte arrastraron el incendio forestal hacia el sur, en más de 100 kilómetros de trayectoria”, cuenta, como si se tratase de una película.

No se anima a cuantificar los daños, solo acota que es un ecosistema muy sensible al fuego, porque nunca ha sido parte de su ciclo de vida.

“Tenemos que ver el impacto posincendio, de manera bien pensada, planificada, porque hablamos de una zona donde hay indicios de tribus de ayoreos no contactados”, opina.

Sin embargo, hay algo que preocupa más a Pinto: el patrón de incendios que se repite cada cuatro o cinco años. Recuerda que en 2013 se dio una situación bastante similar, que se rompieron todos los récords históricos de quema, que la situación amenazaba con desbordarse y que una lluvia torrencial apagó los focos de quema.

“Esto volverá a salirse de control en septiembre. Es un patrón global. Es el clima, se pueden hablar de las políticas que incentivan el desmonte, de muchas cosas, pero el factor principal es el clima”, asegura Pinto y lanza un mal augurio: “Esto es solo el descanso tras el primer tiempo. Habrá más incendios”.

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